El cantante y compositor norirlandés Van Morrison, de 80 años, abre el año con «Somebody Tried to Sell Me a Bridge», un extenso trabajo de 20 canciones —de más de una hora y media de duración— en el que vuelve a sumergirse en el blues, el género que marcó sus inicios y que ha atravesado, de una u otra forma, toda su trayectoria.
El álbum funciona como una declaración de principios. Aunque en las últimas décadas Morrison transitó con soltura el jazz, el folk, el R&B, el country o el pop, el blues siempre permaneció como un hilo conductor desde sus primeros pasos al frente de Them. En esta nueva producción, el músico no solo revisita esas raíces sino que convoca a figuras históricas del género como Taj Mahal, Elvin Bishop y Buddy Guy, quienes aportan guitarras, armónicas y voces a lo largo del repertorio.
El disco alterna composiciones propias con versiones de clásicos y piezas menos difundidas. La apertura ofrece dos temas de Eddie "Cleanhead" Vinson, «Kidney Stew Blues» y «King for a Day Blues», con impronta de big band. «King», que cuenta con un encendido solo de Buddy Guy.
Uno de los momentos más sorpresivos llega con «Ain’t That a Shame», de Fats Domino, transformada en una balada de tempo lento con coros gospel femeninos y una de las interpretaciones vocales más emotivas del álbum.
La influencia de John Lee Hooker también se hace presente en una renovada versión de «Deep Blue Sea», que acelera el pulso original e incorpora armónica y un enfoque más cercano al boogie. También rescata canciones asociadas a Sonny Terry y Brownie McGhee, así como una vibrante «Rock Me Baby» popularizada por B.B. King.